Descripcion: Nunca he sido supersticioso, ni siquiera devoto; la última vez que pisé una iglesia fue hace diez años en el funeral de un amigo. Pero cuando pregunté por la dirección que buscaba, y la anciana se persignó repetidas veces antes de contestarme, sentí un ligero escalofrío que me corrió por la espalda.
Había llegado al pueblo hacía tan solo una hora; una comunidad olvidada, al borde de una ruta regional que atravesaba la campiña. Los automóviles estaban ganando terreno en las grandes ciudades, pero una población rural como aquella vería con desconfianza cualquier cosa que no fuera un carruaje. Llegar allí conduciendo al volante me valió miradas de extrañeza por parte de la gente, como si el ruido del motor perturbara la tranquilidad de las calles.
Tras el episodio con la anciana, y averiguar la ubicación de la casa de un tal Anderson, me desvié de la calle principal hacia un camino sinuoso entre arboledas y colinas agrestes. A pesar de mi cargo gerencial, dada la importancia de la propiedad, había recibido indicaciones de ir en persona a evaluar su estado.